El que tenga hermanos mayores o menores, recordará momentos de juego, travesuras y aventuras, pero también podrán recordar esos momentos en los que la hermandad no fluía y nos poníamos a culpar a nuestro hermano de algo para salir indemnes o nos culparon a nosotros por ser los pequeños o medianos de la familia provocando en nosotros heridas que en tempranas edades se graban profundo, y empezamos a relacionarnos con la rabia de una manera disfuncional.
Y entramos en un círculo vicioso de culpar a hermanos, padres, madres y todo el que pase por allí a lo largo de nuestra vida, sintiéndonos siempre la víctima de todo o gran parte de lo que ocurre, olvidándonos de nuestra parte de responsabilidad y de capacidad de generar cambios.
¿De dónde viene esa necesidad de culpar?
El Amor, es la fuerza generadora por excelencia. Genera la vida misma, genera evolución y nos predispone para el cambio.
Desde ese Amor primigenio, nos materializamos en este cuerpo físico, y surgen 2 mentes: la mente UNO y la mente DUAL. Una nos conecta con la Unidad, es una mente conectada con la Fuente, con el Todo, con el Amor primigenio, con la plenitud, la abundancia y con la idea de YO SOY AMOR. La otra, es una mente separada, y en la separación aparece la Duda.
Cuando nacemos tenemos a papá y mamá, y desde la mente Uno me siento en plenitud en ese sistema que se ha creado. Desde la mente Dual surgen las dudas de “me parezco a uno de mis padres” entonces si me parezco a uno me falta lo del otro.
Cuando aparece en escena otro hermano, bien que ya estuviera o bien que haya llegado después, resulta que ese hermano tiene otro don o talento diferente al mío. También surge esa identificación de “me parezco a uno de mis padres” y el hermano lo ve también, ya que esos “parecidos” también se fomentan con los comentarios de los adultos cercanos a la familia, incluso por los mismos padres.

Entonces comienza el mecanismo de celos y envidia entre los hijos, que ven esas “diferencias” y entran las comparaciones: “le has pasado ese don a él y no a mí”.
La mente separada se alimenta de estos pensamientos que nos hacen dudar, y hace cuestionarme si seré suficiente, ya que creo que tengo carencias (yo tengo otro talento distinto a mi hermano por lo tanto me falta algo porque mis padres comparan / a mi hermano le quieren y valoran por ese talento que yo no tengo, por lo tanto a mi no me quieren).
El Yo carente, el Yo víctima tiene la necesidad de buscar culpables. ¿Y dónde los busca…? en el afín más cercano… mi hermano.
Lo que podría ser una situación aparentemente familiar, podemos extrapolarlo a nuestra vida, entendiendo que todos los seres humanos somos hermanos y vemos en el otro lo que yo no tengo (ya hablaremos de la Ley del Espejo para ampliar información sobre esta idea) y lo envidio porque él tiene lo que yo no, y me siento carente porque se me olvida que Yo Soy Amor, y caigo directamente en el victimismo, la culpa e incluso la venganza.
Como ya habrás percibido, es en el primer círculo social en el que nos integramos donde se crean este tipo de creencias y patrones de comportamiento: en la familia. Todo lo que vivenciamos allí, desde incluso antes de nacer, nos va a condicionar el resto de nuestra existencia, ya que en los primeros años de vida estamos en modo REC (grabando). Y grabamos absolutamente todo lo que vivimos de manera consciente y también inconsciente (cuidado con lo que ocurre alrededor cuando los niños duermen, ya que también se graba en su mente subconsciente), y lo grabamos todo, absolutamente todo sin ningún tipo de filtro, ya que aún no existe ningún tipo de filtro en las percepciones.
Por ello es de vital importancia que los adultos que nos relacionamos con niños, seamos conscientes de la importancia de las palabras, de cómo funcionan los mecanismos de la mente y del cerebro de nuestros niños, y que hemos de prestar especial atención de no volcar ni proyectar sobre ellos nuestras propias carencias o heridas infantiles.
Que seamos conscientes de que por afinidad nuestro subconsciente va a buscar siempre lo parecido, y por ello vamos a tener un preferido entre nuestros hijos (alumnos, conocidos…).
Que seamos conscientes de las palabras, comportamientos y expresiones que inconscientemente soltamos, que fomentan la comparación o el enaltecimiento de unas cualidades por encima de otras.
Para ello, los adultos que nos relacionamos con niños, hemos de tomar consciencia de nuestras creencias, nuestros patrones de comportamiento, entender de donde vienen, y sanarlos, desbloquear nuestras emociones, limpiarnos internamente para proyectar lo menos posible en ellos. Sólo de esta manera podremos ser mejores acompañantes de esas niñas y niños, de esas nuevas generaciones que ya están y las que están por venir.
¿Y tú, eres consciente de tus proyecciones sobre tus niños?
¿Eres consciente de las heridas que tú arrastras?
Cuando tú sanas y tomas consciencia de tu parte, provocas movimiento y cambio en los sistemas que formas parte, como el sistema familiar, frenando esa transmisión de limitaciones.
Recuerda que mejorar o hacer que las relaciones en tu familia o en tu círculo sean más equilibradas y nutritivas ¡Empieza Por Ti!
Sandra Caba
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